Algunas mujeres llegan al deporte por curiosidad. Muchas llegan desde un lugar mucho más antiguo: una discusión larga y silenciosa con su propio cuerpo, abierta desde la adolescencia.
En esa discusión el cuerpo es la parte contraria. Es lo que está mal, lo que hay que corregir, disciplinar, esconder, mejorar. El ejercicio se vuelve la negociación, o el castigo. Lo más raro es lo normal que parece, y cuántas mujeres lo describen en términos casi idénticos.
Se puede parar. No decidiendo amar lo que ves, que rara vez funciona por orden, sino reconstruyendo una conexión que se interrumpió hace mucho: una conexión que se ha estudiado en serio y que tiene nombre.
Cómo empezó la discusión
El marco más usado para describir el mecanismo es la teoría de la objetivación, planteada en 1997 por Barbara Fredrickson y Tomi-Ann Roberts: en culturas donde el cuerpo de las mujeres se evalúa habitualmente desde fuera, las mujeres aprenden a adoptar esa mirada externa sobre sí mismas, a relacionarse con su cuerpo ante todo como algo que es mirado.
La consecuencia es una forma de exilio. Si tu relación principal con tu cuerpo es visual y externa, vives al lado de él y no dentro. Sabes cómo se ven tus brazos. Sabes mucho menos qué sienten, qué pueden hacer o cuándo están cansados.
Súmale una o dos décadas de dietas, de conteos, de cuerpos hablados como proyectos, y la guerra se convierte en el estado por defecto. No por vanidad ni por fragilidad: porque se enseñó con esmero y se premió con constancia.
El sentido que dejaste de escuchar
El canal que se apaga tiene nombre: interocepción. Es el sentido del estado interno del cuerpo: hambre, sed, respiración, ritmo cardíaco, temperatura, esfuerzo muscular, esas señales vagas que avisan de que algo va mal mucho antes de que puedas formularlo.
Neurocientíficos como Bud Craig y Antonio Damasio han situado la corteza insular en el centro de la integración de esas señales: la interocepción es un campo de investigación serio, no una metáfora de bienestar. En 2012, Wolf Mehling y sus colegas publicaron el Multidimensional Assessment of Interoceptive Awareness, un cuestionario que distingue el mero hecho de notar una sensación de la confianza en el propio cuerpo y de no angustiarse ante la incomodidad.
Esa distinción importa. Muchísimas mujeres notan su cuerpo todo el tiempo; el déficit no está ahí. Lo que suele faltar es la confianza: la sensación de que esas señales son información útil y no acusaciones. La investigación vincula las dificultades en esta área con la conducta alimentaria alterada y con la ansiedad, y la versión concreta resulta familiar. Pasas por encima del cansancio. No notas el hambre hasta el mareo. Ya no distingues una sesión dura de una lesión.
Un cuerpo al que combates no puede ser un cuerpo al que escuchas. La guerra te cuesta tus instrumentos.
Qué significa habitar el propio cuerpo
La psicóloga Niva Piran pasó años entrevistando a niñas y mujeres sobre su relación con su cuerpo y construyó con ello una teoría del desarrollo de la corporalidad vivida. En lugar de tratar la imagen corporal como una opinión privada sobre la apariencia, describe una experiencia con varias dimensiones: la libertad física, poder moverse y ocupar espacio; la libertad mental, quedar libre del comentario interno permanente; y el poder social de habitar un cuerpo sin que se convierta en una desventaja.
Lo que de verdad restablece la conexión
El camino de vuelta pasa por la sensación y la capacidad, no por los espejos y los propósitos.
- Entrena por la sensación, no por la forma. Pregunta cómo se sintió en lugar de cómo se veía. Una bisagra de cadera firme y potente es mejor dato que una foto.
- Haz cosas que exijan atención. Equilibrio, senderos irregulares, natación, escalada. Todo aquello donde la señal interna es la única guía útil lleva la atención hacia dentro.
- Usa la respiración a propósito. Respirar lento con la exhalación más larga que la inhalación es una de las formas más simples de cambiar tu nivel de activación.
- Devuélvele sentido al hambre y al cansancio. Comer con hambre, parar cuando ya no la hay y descansar cuando estás cansada no son concesiones: así se restablece que vale la pena emitir esas señales.
- Cambia el idioma. Hoy mis piernas están fuertes, mis hombros están cansados: eso son descripciones. Casi todo lo que las mujeres dicen de su cuerpo es juicio.
Si tu relación con la comida o con tu cuerpo te causa un sufrimiento real, ese es terreno de un profesional cualificado, no de un artículo.
Qué cambia cuando la guerra termina
Lo primero que cambia es tu entrenamiento, porque por fin tienes datos. Distingues el cansancio que hay que atravesar del que pide un día libre. Te lesionas menos. Progresas más, porque dejas de perder semanas excediéndote o escondiéndote.
Lo segundo es más sutil e importa más. Un cuerpo con el que colaboras no es un cuerpo en el que hay que pensar todo el tiempo. El comentario se calla. Ese silencio es espacio: para la atención, para otras personas, para una vida que no consiste en administrar tu apariencia.
Un lugar pensado para ese regreso
Phoenix Oasis, el retiro deportivo y de transformación exclusivo para mujeres que se construye sobre treinta hectáreas cerca de Rivera, en el Huila, Colombia, se está levantando justamente para ese regreso. El entorno es parte del proyecto: las colinas del valle del Magdalena, el agua de los ríos, las termales por las que la zona es conocida y un paisaje que le pide al cuerpo hacer, no ser mirado.
Cuando abra, el 30 de junio de 2028, las estancias —Wake-Up Call, Reboot, Shift y Molting— serán solo para mujeres por una razón. No ser observada no es aquí un lujo: es una condición. La intención es que una mujer se vaya con un cuerpo al que consulta y no uno con el que negocia. Puedes seguir el diseño del terreno y de las estancias en la página de los programas que estamos preparando.